El niño de las 3 fosas

Un niño de nariz grande
tiene tres fosas nasales,
y las tres siempre ocupadas
por meñiques y anulares.


Adora mirar sus mocos,
pues son todos diferentes,
Como si esto fuera poco...
¡Los separa en recipientes!


***
¡No iba a tirar al tacho
un moco verde pistacho!
¡Y cómo darle la espalda 
a uno verde esmeralda!

Si se olvida del decoro,
sale uno: verde loro.
Y si hurga muy despacio.
¡Salen dos: verde topacio!

***
En el estante más alto,
guarda los verde turquesa,
Los que son verde cobalto,
apilados en la mesa.

Nunca he visto tantos frascos,
con tantos tonos de verde.
Si te escapas por el asco,
¡No sabes lo que te pierdes!


Oda a la ducha

Si me escupes la cabeza
cuando canto serenatas.
mi canción no te interesa
ni desnudo, ni con bata.

Mi queridísima ducha,
¿por qué serás tan ingrata?
¿por qué será que no escuchas?
¡Ni siquiera te percatas!

Estas notas las entono,
para nombrarte mi amante
mientras mi cuerpo enjabono.
con una esponja exfoliante.

Tu rocío me humedece,
y con tu lluvia, me inundo.
Me bañaré tantas veces,
para no quedar inmundo…

¡Pero si tú no me escuchas!
¿Para quién son estos versos?
Me olvidaré de esta lucha,
cuando en el agua esté inmerso…

Pues si tus aguas nerviosas
no quieren ser de mi alma,
¡En bañadera de losa,
me amarán las aguas calmas!

El Rey Osagboro

El Rey Osagboro adoraba el oro. Era conocido por su enorme corona en el mundo entero. Un séquito de orfebres lo visitaba a diario para agregarle nuevos adornos y piedras preciosas, dejándola así cada día más grande.
Había ordenado quitar la cúpula del palacio, para que su corona pudiera seguir creciendo. Y se había hecho tan alta que atravesaba las nubes. Y tan grande y pesada que había optado por no quitársela, ni para dormir.

El Rey Osagboro también era conocido por su enorme boca. Siempre estaba abierta y no dejaba de dar alaridos. Retumbaban todo el día por las paredes del palacio, en forma de eco.
Desde la mañana, filas de doncellas y más doncellas, corrían por las galerías, con bandejas repletas de pasteles y panecillos, infusiones y jugos de fruta, respondiendo a los alaridos del rey.

Cuando al Rey lo dejaban solo y se retiraban hasta la otra punta del palacio, oían de nuevo sus quejidos. Las migas del desayuno en su barbilla lo molestaban y exigía ser bañado. Entonces, nuevas filas y más filas de doncellas aparecían corriendo con jabones, sales y ungüentos. Una vez que el rey estaba limpio, las doncellas
se alejaban lo suficiente para poder descansar, pero ni bien se sentaban en las reposeras, volvían a escuchar sus gritos.


Otra vez lo mismo: filas y más filas de doncellas y más doncellas.

De esta manera transcurría el día en el palacio. ¿Y la noche? Igual. El Rey Osagboro tenía pesadillas y debían correr a contarle cuentos y a cantarle canciones de cuna.

Era un fastidio para las pobres doncellas, pero no tenían escapatoria: las ventanas y las puertas estaban enrejadas y protegidas por dos guardias enormes. Y ni hablar de desobedecer. Conocían el triste final de las que lo habían intentado. Hacía años que correteaban día y noche, sin descanso. Sus pies les dolían y ya no corrían tan rápido como antes.

En realidad, corrían tan lento que habían comenzado a servir el desayuno a la hora del almuerzo y el almuerzo, a la hora de la merienda.

El rey estaba cada vez más furioso, y un día ordenó: “¡Córtenles la cabeza!”.
Sin embargo, tuvo que echarse atrás cuando uno de sus consejeros le recordó que quedaban muy pocas doncellas en el reino.

Después de meditarlo por horas, llamó a sus orfebres. “Quiero una solución en oro”, les dijo, “¡Patines de oro para cada una de mis doncellas!”. Así podrían trasladarse con mayor rapidez por el palacio, sin la excusa de sus talones doloridos.

Los orfebres tardaron algunas semanas en terminarlos. Cuidaron que cada cordón, cada rueda, cada plantilla, de cada par de patines, fuera de oro. Y, cuando estuvieron listos, fue un verdadero desastre: Doncellas con
fracturas de tibia y peroné. Bandejas de cerámica destruidas. Manjares reales por toda la alfombra. El rey bañado en jugo de maracujá.

Los patines no duraron, pero el Rey Osagboro no se dió por vencido. Convocó nuevamente a sus orfebres y les ordenó: “¡Quiero triciclos de oro!”. Serían vehículos sofisticados y de un perfecto equilibrio.
Llevaron más tiempo que los patines pero, a las pocas semanas, estuvieron listos.
Eran tantos y tan imponentes que no cabían en las galerías. Se chocaban entre sí. Los embotellamientos eran eternos. Y los desayunos, almuerzos, meriendas y cenas nunca llegaban a destino.

El Rey Osagboro ya estaba de un humor espantoso. Hasta que se le ocurrió una idea. Esa misma tarde, cuando los orfebres fueron a verlo, les encargó un nuevo trabajo. “Quiero alas de oro para cada doncella”.

¡Fue maravilloso! A cada pedido, con un solo agitar de alas, las doncellas estaban ahí al instante.

Pero esa noche el Rey Osagboro tuvo una pesadilla terrible: Las doncellas se iban volando.

Se despertó a los gritos. Y gritó, gritó y gritó. Pero no hubo cuentos, ni canciones de cuna para calmarlo.

El rey no volvió a saber de ellas.

Eso sí, de vez en cuando, en la punta de su corona, muy cerca de las nubes,siente un suave tintineo. Quizás sea alguna de sus doncellas volando por los cielos de
su reino.

F I N

¡Novedad!

"El Rey Osagboro"
Editorial CIDCLI - México 2011
Textos de Gabriela Burin
Ilustraciones de Anabella López

Palmeritas

No quiero escuchar más. ¡¡Mirá cómo aumentó el tamaño de mis oídos!! Mi factura preferida es la palmerita, pero vos siempre me comprás las de dulce de membrillo. Y eso es porque no me escuchás. Pero hoy soy yo la que no quiero escuchar más. Y me voy en triciclo hasta un bar. Pido una leche con palmeritas y mis orejas vuelven a ser como antes: dos palmeritas. Pequeñas y hojaldradas.

Tallarín

Bastón y tiradores. Largos y finos. Los dos.

Aunque también existen otras cosas que lo definen. Más bien, escurridizas.

Su mano, por ejemplo. Empapada de sudor, la mayoría de las veces. Al intentar tomar su bastón, se resbala. Entonces, él, pierde el equilibrio. Cae. Se derrumba. Primero, él,  más tarde, su bastón. Lo mismo de siempre: Tallarín al dente.

No. No tomó ese colectivo.

¡De haberlo sabido! ¡Es que, no, seguro que no era buena idea! ¡Detenerlo así, en pleno movimiento, con su bastón!

El final de un finado. De un finado fino. Tallarín con tuco.

¿Sus tiradores? Están algo tristes, ya no tienen a quién contener.
El bastón, no, sin embargo. Se lo ve de lo más campante. Sin sudor. Sin tallarín.

Sopa de letras

Cuando hablás, sopas de letras vienen y me inundan. No entiendo lo que me decís. Tengo que separar las letras, una por una, al borde de mi plato y ayudarme con una cuchara. Pero hacer esto me da tanto hambre que termino por comerme todas las letras y me quedo sin tus palabras. Pero yo siempre te lo dije: mi fideo preferido es el tirabuzón. Que da vueltas y más vueltas. Como vos.

Una caja

En junio habían traído a la despensa una gran caja de cartón. Podría haber pasado desapercibida, claro.
 Pero no. Algo peculiar había en ella. La pregunta era ¿qué?  ¿Un bigote? Siempre había esperado tener uno…¿Pero te lo traían así? ¿En caja cerrada? No…seguro que no. ¿Un caballo? Demasiado grande. Olería mal.
Entonces ¿qué? ¿qué? ¿qué?
De pronto…un sonido. La caja empezó a moverse y, finalmente, se abrió. ¡Un pato!
¡Sí! ¡Con el hambre que tenía!
Fui a buscar las naranjas…qué deliciorrr! Justo estaba encendiendo el horno, el fósforo se consumía en mis dedos. Y el pato me preguntó. “¿con qué pato a la naranja?”.
¡Qué momento!
Horas, horas y horas hablándome sobre su infancia terrible. Su encierro en esa caja, tan incomoda. Su consecuente dolor corporal. Su carencia de afecto y comprensión. Sus problemas de autoestima.

Hoy duerme en mi cama. Un pato muy convincente.

Almejas

La almeja es un gran bivalvo:
Dos sombreros para un hombre calvo.

Como los mejillones,
su cama son dos sillones.

Cuando el mar baila zarzuela,
ellas son sus castañuelas.

Un cangrejo sin bandeja,
Sirve su cena en almeja.

¿Por qué se esconde el hombre calvo?
¿De qué busca estar a salvo?

¿Temerá que a cocción lenta
lo cocinen con polenta?

Es esto muy posible,
Pues se ven tan suculentas
Mis amigas las almejas,
Sazonadas con pimienta.

 ***

“¿Acaso es un sombrero eso que nada allá abajo?”
Preguntan las gaviotas mientras atraviesan las nubes.

“¡Son almejas!” Les gritan dos peces dorados.

Cinco almejas recostadas panza arriba
sobre una cuna de mimbre, a la deriva,
flotan tranquilas sobre el mar

En el recreo...







A esta niña desgarbada
se la ve muy ocupada.
¿Acaso algo la perturba?
Sólo un bolsillo que hurga.
Hasta que da con un resto
de algún fideo con pesto.
Desmenuza, desmenuza
hasta librarlo de pelusa.
Y sin que nadie se inmute,
es ahí que lo deglute.
Pero no gasta saliva:
Es una niña ahorrativa.

***

Otra niña y su melliza
las dos bastante rollizas
por más que yo haga el esfuerzo
siempre se comen mi almuerzo.
Lo que en el plato yo pongo
Sea guiso de mondongo,
y hasta dulce de batata,
¡Ellas me lo arrebatan!
A nada le tienen asco
¡Mezclan flan con el churrasco!
Acaban con las galletas
y no usan servilletas.
Cuando terminan la vianda,
se limpian con mi bufanda.

***


A este niño tan siniestro
lo adora nuestro maestro.
No imagina lo que hace
cuando termina su clase.
Este, su predilecto
sale a buscar insectos.
Los junta con un palillo
se los guarda en el bolsillo,
y a alguna niña indefensa
se los arroja en la trenza.


Pero recién, hace un rato
terminó su buena racha,
una niña, a su zapato
lo llenó de cucarachas.


***
Nadie juega en los recreos
con ese niño tan feo.
Ni lo invitan a las fiestas:
Abre su boca y apesta.
Siempre huele a sopa vieja.
y de él todos se alejan.

Con gárgaras un buen rato,
buches de bicarbonato
tres horas de cepillado.
¡Con todo esto ha probado!
Y a pesar del tratamiento
sigue en pie su mal aliento.

Aunque siga pestilente,
Hoy ha sido diferente.
En su boca: una sonrisa.
¡Lo ha besado una melliza!

La Boca

Tomen binoculares,
Para ver de cerca el puerto.
Si abren fosas nasales
Sentirán olor a muerto.

No respiren por nariz:
Es un olor que sofoca.
No por nada lo han llamado
a este barrio el de La Boca.

Cuentan que allá y entonces
se ha bañado una doncella.
Murió, se convirtió en bronce
¡No se supo más de ella!

Nadie la ha vuelto a ver
pero dice la leyenda,
que el puerto es esa mujer,
que de día huele horrenda.

El río es su bañadera,
toma allí su baño eterno.
Y de tanto en tanto espera
irse al cielo o al infierno.

Hay quien dice que no ha muerto,
que simplemente está en coma,
y que los barcos del puerto,
son sus patitos de goma.

Eso que está a lo lejos,
a simple vista una grúa,
Tomen ya sus catalejos:
Es su brazo, que saluda.

Soprano

Aquella mujer soprano
alabada por la audiencia,
acompañada de un piano,
canta con gran cadencia.

En un tremendo alboroto
todos allí la aplauden.
Todos, menos Montoto
que le grita: “¡Eres un fraude!”

La cantante, le pregunta
sin bajar del escenario.
“Usted, el de la punta
¿ Está sordo o es otario?”

Montoto no se mueve
ni tampoco le responde
Porque percibe un sonido
pero no sabe de dónde.

Tu

Te ríes. Y no eres río.
Te casas y no eres casa.
Te meces y no eres mesa.
Me pregunto cómo cabes
adentro de mi cabeza.

4 mujeres



Lucía, hermosa lucía.
Dora, cebollas dora.
Cata, luego las cata.
Y Débora las devora.

Vacaciones

Tres cerdos y una langosta
Veranean en la costa.
Ella vende artesanías,
mientras ellos, todo el día
se la pasan en la cama
completando crucigramas.

Un ciempiés y tres arañas,
Prefirieron la montaña.
Aprovechar la pendiente,
para volar parapente.

Todo animal en verano,
antes que cambie el pelaje,
más tarde o menos temprano,
debe armar el equipaje.

Sea al norte o sea al sur
sea rata o sea ganso,
sea solo o con un tour,
se merece un buen descanso.

Ajo!

Dos pisos más abajo
vive Doña Carola,
que de tanto freír ajo,
ensució tres cacerolas.

 Mientras Carola medita,
revuelve la provenzal,
y le da una probadita,
para ver si falta sal.

Su marido que regresa
esa tarde del trabajo.
Dice, cuando la besa,
que su boca huele a ajo.

Que no lave cacerolas.
Que no use detergente.
Que su Querida Carola
vaya a lavarse los dientes.

Lejos


Un señor muy muy muy viejo
Mira con su catalejo.
Se lo ve algo perplejo
“¿Es acaso eso un conejo?
Si lo es, yo no me quejo.
¡Es que está muy muy muy lejos!
¿O será que es un cangrejo?”
Frunce el viejo el entrecejo.

***

No se trata de un conejo.
Ni tampoco de un cangrejo.
Eso que ve es el reflejo
de su cuerpo en el espejo.

Enchastre



¡Cómo se ha ensuciado el saco
que me ha dado el Sr. Paco!
¿Te preguntas porquéqué?
Pues comiendo panquequé
con vizcacha al escabeche,
derramé el dulce de leche
Y también algo de aceite.
¡Qué delicia! ¡Qué deleite!
¡Qué sucio que quedó el saco
que me ha dado el Sr. Paco!

Cerdo


 El Señor Juan de Ensenada
grita a los cuatro vientos
ni bien prueba su empanada
“¿Por qué le han puesto pimientos?”

Miren bien a este señor,
Cómo toma de la copa
¿Acaso tendrá calor?
¡Sale humo de su boca!

Te miro, Juan de Ensenada
arrojando tu empanada.
Tiene relleno de cerdo,
Pero es que ya no recuerdo
si le puse condimento
O si acaso eran pimientos.

Aunque tampoco recuerdo:
¿Era jabalí o un cerdo?
No me acuerdo y me arrepiento.
¡Grito a los cuatro vientos!
¡Miento, miento! Y el pimiento
de tu boca, de tu aliento
se me funde y se confunde
con todo aquello que siento.

Mi novio

Salir con un hombre me da tanto pánico, 
que preferí a un gato del jardín botánico.
Tenemos una relación de lo más abierta,
sale de casa y no cierra la puerta.

Hoy amanecí más sola que un hongo
y pegué un grito: "¿Dónde estás morrongo?".
Cuando apareció por la ventana,
 lo interrogué de mala gana
"¡Dime ya, dónde te has ido!".
Me respondió con tres maullidos.

Ahora tengo una gran duda,
quizás seas de mi ayuda:
¿Debo quedarme con el gato
o pasarme al celibato?


Foto: Gabriela Burin

Poema de amor



Tus cejas son tupidas y estúpidas.

¿Y tu corazón?

Es tupido y estúpido. 
Es precioso. Espacioso. Es tanto y estante. 
Es tonto. Y es tinta. Y es tanta. ¡Tanta tinta!
Estético y es teta. Es teta estética. ¡Es tanta teta estética! 
Es todo. Estado. Es tero. Estira.
 Estrato. Estima. Estufa. Estafa. Estrafa. Estrafalario.
 Espanto. Espantoso. Es punta. Es pinta.
Es casa. Escasa casa. Es peso. Peso espeso. 
Es pozo. Esposo. Espacioso.

¡Tu corazón, no sé qué es!

Pero, puedo hablar de tus cejas...

Un Sr.

Un señor con ánimos de mucho,
hoy está con poco.
Es día domingo,
y en lugar de ir al bingo,
se quedó en su cama
a sacarse los mocos.

***

Un señor con ánimos de poco,
hoy está con bastante.
A su desayuno,
también al de Bruno,
le puso azúcar
y no edulcorante.

***

Un señor con ánimos de nada,
hoy está con todo.
Se fue a la oficina,
pero no camina
con sus dos zapatos,
sino con los codos.

***

Un señor con ánimos de todo,
hoy está con nada.
Faltó a su trabajo
y se quedó debajo
de una pila gruesa
de quince frazadas.

La Mujer Hojaldrada


Se ha sentado a su mesa sin esperar a su comensal. El hambre se ha apoderado de ella. Está devorando su plato sin reparos, sin siquiera preocuparse por saborear cada bocado o por no manchar su vestido. Y así es como la sorprende Claudio:  con su plato vacío, rodeada de migajas 
y con su rostro y sus ropas manchadas con salsa.

¡Una vergüenza!

Límite entre lo atractivo y lo desagradable - (Relato subido de tono)

Siempre me pregunté cuál sería el límite entre lo atractivo y lo desagradable. Entre lo erótico y lo pornográfico.
La primera vez que la vi en el almacén, mis dudas reaparecieron. Ahí estaba, mi vecina del sexto piso, con sus pechos al descubierto, comprando doscientos cincuenta gramos de queso parmesano y un paquete de lomito ahumado. No puedo negar que fue excitante.
Pero dejó de serlo la semana siguiente, cuando la vi por segunda vez. Estaba dejando su ropa en el lavadero para el servicio de valet, con sus pezones al aire. Pedía que le agregaran suavizante extra y revolvía su bolso de un modo frenético, buscando su billetera.
Me pregunté si entre su ropa sucia existiría alguna camisa. O al menos un corpiño. Me respondí que no.

Atravesó el límite de lo desagradable el viernes. Fui a cenar con unos amigos a la pizzería Uggi’s, y ahí estaba de nuevo. Ella y sus dos tetas: las tres comiendo una porción de fainá. Si el límite del que yo hablaba existía, no había dudas que mi vecina estaba del otro lado.

Esta mañana viajé con ella en el ascensor. Fue una situación un tanto embarazosa. Sólo nosotros cuatro: ella, sus dos tetas y yo, en un espacio bastante reducido.
Intenté desviar la mirada, pero fue inútil. El ascensor está cubierto por espejos. Descubrí entonces que ya no eran dos, sino 24 las tetas que me acosaban.

Pensé en cerrar los ojos, pero habría sido una muestra de cobardía. Intenté preguntarle por el clima. “Dicen que va a estar agradable hoy. Un poco nublado, tal vez.” Pero no obtuve respuesta. Comencé a ponerme nervioso. Muy nervioso. Tan nervioso que enseguida se notó en mi pantalón. Una mancha demasiado evidente para poder disimularla. Gotas y más gotas de sudor rodaban por mi frente.
En aquel momento comenzó a revolver su bolso. No se entendía bien qué era lo que buscaba. Quizás una excusa para no mirarme, a mí, a mi sudor y a mis pantalones húmedos. Revolvía frenética, y fue así como parte del contenido de su bolso fue a parar al piso del ascensor. Tres tampones, dos chicles tutifruti, cinco llaves y un paquete de preservativos texturados.
Los dos estábamos avergonzados. Cada uno por sus propios motivos. Siguió revolviendo un poco más, hasta que encontró un pañuelo descartable. Me lo entregó en silencio. Más tarde dio con una blusa turquesa, que se colocó cubriendo su panza y, lo más importante, sus 24 tetas.
Una vez que sus pechos estuvieron cubiertos, y mi pantalón y mi sudor, secos; los dos nos tranquilizamos. Y soltamos una carcajada.
Nos reímos por un buen rato, hasta que se detuvo el ascensor. “Es mi piso”, dijo ella. Entonces se presentó. “Esmeralda, encantada.” Me extendió su mano. Después dijo que el día de hoy iba a estar agradable, aunque probablemente algo nublado. O al menos eso fue lo que escuchó en la radio. Y por qué no pasaba a su departamento, a tomar un vinito, y a probar unos bocaditos de queso parmesano y lomito ahumado que sabe preparar como nadie.

Le dije que sí.

Esta noche conoceré el sexto piso. Y, por qué no, mis propios límites.

Desayuno


Una mosca vuela por las calles. Mira a través de las ventanas de un edificio estilo francés. En el séptimo piso desayuna una familia de cabellos rojizos alrededor de un mantel blanco. ¡Qué delicia! Un terrón de azúcar sobre la mesa. La mosca agita sus alas pero, al intentar pasar, se choca contra los cristales.

Sigue volando. Encuentra, en la ventana de al lado, una nueva cocina y esta vez logra entrar.
Un bosque de cacerolas, una montaña de platos sucios y, justo detrás: Moro desayuna una taza de café negro, rodeado por su harén de tostadas con mermelada.
No hay terrones de azúcar. Sólo el Moro y las tostadas.

En eso, Sofía entra a la cocina, toma el mosquitero y la aplasta.

Sofía se queda mirando a la mosca durante algunos segundos. Mira sus patas, sus alas, cómo poco a poco dejan de moverse.
Mira la montaña de platos sucios, al Moro. Come sus tostadas y se limpia las comisuras de la boca con el borde del mantel.

Los ojos de Sofía son dos porotos negros, a punto de convertirse en feijoada.

¿Por qué prefiere a su harén de tostadas antes que a ella?
¿Por qué no la mira? ¿Por qué no la abraza?
¿Por qué ese desastre? ¿Por qué no ha lavado ni un solo plato?
¿Por qué llegar al punto en el que las únicas visitas de la casa son las moscas?

El Moro mira las tostadas, luego, la sección deportiva del periódico, y una vez más, las tostadas. Ese es su campo visual ahora. Limitado como el de una mosca. Con movimientos cortos y precisos. Untar una tostada. Dar vuelta la página. Masticar una tostada. Dar vuelta la página. Tragar una tostada.
Se ríe de un chiste de la página de atrás y de sus dientes se asoman migajas negras.
Todavía no se ha percatado de la presencia de Sofía.

La boca de Sofía es una fruta abrillantada. Como esas frutas abrillantadas que son extirpadas del pan dulce. Se acerca a la mesada, toma la esponja, y con unas gotas de detergente, comienza a lavar los platos.

El Moro sigue ahí. Su pijama es de un verde liso, pero ahora presenta un estampado de migajas negras y manchas de café, haciendo juego.

Sofía es un pan de manteca. Consistente por fuera, pero al primer calor se desintegra.

Busca el repasador y seca un plato. Cuando está por guardarlo, el plato se resbala de sus manos y cae al suelo. Las manos de Sofía también son de manteca.

El Moro escucha el ruido, levanta su mirada y la ve. ¿Por qué siempre lo molesta a la hora de su desayuno?

Sofía recoge los platos limpios y, en lugar de guardarlos, toma impulso y los arroja al suelo. En ese mismo instante suelta de su fruta abrillantada, un grito tan fuerte que el estruendo de la porcelana rompiéndose casi no se escucha.

El Moro se levanta de su silla. Se acerca y la abraza.

Se queda mirando a Sofía durante algunos segundos: sus patas, sus alas. Cómo poco a poco dejan de moverse.


Verdades absolutas


El hecho de generar teorías, crear verdades absolutas, por más que jamás sean probadas ni aceptadas por el común de las personas, generan en torno a uno mismo y por debajo de los talones, una pequeña emanación de seguridad sobre la cual es placentero transitar. Sería algo así como caminar sobre algodones; con la particularidad de que, cuando uno lo desee, no tiene más que tumbarse y comenzar a rodar pendiente abajo. Y así es como funcionan las verdades absolutas. Es mentirse a uno mismo un rato, para rodar pendiente abajo, mullidamente, otro rato, hasta que…oh no! Nuestro cuerpo (que ya había cerrado los ojos, y se había abstraído de la existencia del mundo real) se topa violentamente con un letrero que le impide seguir rodando. El letrero grita: “Todo es relativo, nada es absoluto” y nos golpea fuertemente en el omóplato. Claro, nuestro cuerpo se encuentra herido después de semejante golpe y ya no puede seguir rodando sobre algodones. Sin embargo, decide hacer un paréntesis en su real existencia que lo transforma en cuerpo que siente dolor y tiene terminaciones nerviosas, y corre hacia la cima de la pendiente. Y seguirá rodando, con sus ojos cerrados, por la sencilla razón de que esto es simplemente hermoso y le genera un inmenso placer. Y el letrero seguirá ahí, en la base de la pendiente, mirándolo amenazadoramente, y se topará con él muchas veces más. Y de eso se trata.
He dicho.


Algunas teorías

Tengo algunas teorías sobre la conducta humana. Sé que son un poco absolutistas, encasilladas; pero como no creo en ellas religiosamente, tampoco me preocupa que lo sean.
Me divierte pensarlas, y divagar sobre ellas. Enunciar la regla general. Un de las teorías explica algo así: “Todas las personas que se dignen de ser consideradas como tales, llegado determinado momento de sus vidas (a veces puede suceder más de una vez), comienzan un camino directo. Existen dos opciones: El camino de la formación del individuo. El camino de la deformación del individuo.
Hay algunos puntos que vale la pena destacar. El tratarse de dos opciones no significa que sean “opcionales”; ya que estos caminos en la mayoría de los casos comienzan a transitarse sin haber pasado previamente por un momento de opción u elección del mismo. Tan sólo pasa.
Volviendo al punto. El primero de los caminos consiste, en la mayoría de los casos, en un proceso autocrítico en donde el individuo en cuestión considera la posibilidad (o necesidad) de mejorar como persona. Puede llevarlo a cabo de diferentes maneras.
Construirá vínculos positivos que lo enriquezcan espiritualmente.
Estudiará duro y aprenderá cosas nuevas e interesantes
Se analizará con alguna terapia e intentará estar en paz con su mente y su alma.
Realizará alguna actividad física que le permita estar en armonía con su cuerpo.
Cocinará cosas ricas y nutritivas.
Se planeará metas (laborales y personales) y se propondrá alcanzarlas.
Puede que lo logre o puede que no. Pero el camino va hacia ese lado.
El segundo de los caminos sería igual pero inmediatamente opuesto. El individuo, casi siempre evita la autocrítica o es pesimista con respecto a la idea de progreso. El motivo no importa ahora. El caso es que el camino lo llevará rumbo hacia la deformación. Construirá vínculos negativos, y casi siempre enfermizos.
Adquirirá vicios nocivos.
No estará interesado en adquirir nuevos conocimientos, sin embargo consumirá todo lo que los medios de comunicación masivos quieran ofrecerle.
Se mantendrá pasivo y se convertirá en un ser fláccido.
No tendrá mayores metas en su vida. Quizás logre alguna, pero de pura casualidad.
Tiene altas chances de ganar la lotería. Puede que lo logre o puede que no.
El segundo de los caminos va hacia ese lado.
Claro que este proceso a veces no es lineal ni ocurre hacia uno solo de los sentidos. Sino que, cada uno de ellos, se anda y se desanda varias veces. Se invierten. Se vuelven a empezar. Uno se forma y se deforma. Por eso hay mucha gente que transita este mundo bajo una forma amorfa, luego de tanta formación y deformación consecutivas.
Claro que, como toda teoría, existen excepciones que no hacen más que confirmar la regla. Pero, frente a esta teoría en particular, me encontré con serias complicaciones por tratarse de pruebas y datos cualitativos de difícil comprobación y principalmente subjetivos.
Hubo personas que no estuvieron del todo de acuerdo en ser considerados caminantes del camino de la deformación y amenazaron con derribar mi teoría, y con cosas peores.
¿El motivo? Seré un poco autocrítica con mi pequeña teoría. Lo que bajo mis ojos puede ser considerado un vínculo negativo, para la persona que lo está vivenciando se trata del romance más hermoso de su corta existencia. Lo que yo puedo llegar a considerar como un estudio nutritivo para el alma y para el intelecto, otro puede llegar a considerarlo como un vicio nocivo altamente riesgoso.
La conclusión a la cual he llegado luego de enunciar esta teoría y su respectiva autocrítica es que, negándome a la refutación de la misma, muy por el contrario, renunciaré a su comprobación. Esto se debe a que, aunque así lo hiciera, siempre sería cuestionada. No es ese mi el objetivo. Tampoco lo contrario.
He dicho.

Huecos

El olor a churrasco del vecino que se filtra por mi ventana me lastima.
En mi heladera sólo queda una zanahoria, que me mira fijo y se ríe de mi desgracia.
Se siente sola, con sus pliegues y repliegues, con sus naranjas pálidos. Inhala el frío, lo exhala. Pero a pesar de su soledad polar, se ríe de mí, con su risa cínica, que me lastima aún más.

Me lastima tan profundo que llega a herir mi ego, a perforar mi estómago, creando así un oscuro agujero, al que bautizo “hambre”. Un hambre que no distingue las heridas. Hueco y oscuro, sin egos ni delirios de grandeza.

Entonces la miro una vez más. La tomo entre mis dedos. Y ya no me siento lastimada.
Siento lástima. Por ella. Por su triste destino. El de nadar en aguas desconocidas. El de ser calentada, hervida y aplastada, una y otra vez, hasta transformarse en puré. El de ser llevada a mi boca, triturada por mis dientes, humedecida por mi lengua. El de ser devorada por mi estómago hueco. Que clama por ella. El de pasar por mis intestinos, para luego salir.

Pero decido no calentarla y la llevo a mis labios, así como está. Recién salida de la heladera. Cruda y consistente.
La venganza se sirve fría.

En el mercado

Esa señora con dos trenzas rojas me mira con pena. Puede que, desde ahí, huela mis tormentos.

Camino unos pasos y me acerco a ella. El mercado está repleto de frutas, colores y polleras apuradas; pero en el puesto de las sandías sólo estamos la señora de trenzas y yo.

¡Qué parecidas somos! Nosotras. Y las sandías. Y nosotras a las sandías: Duras y secas por fuera. Húmedas y frágiles por dentro.
Ella está siendo atendida y elige las sandías más grandes. Las pesa y las observa con detenimiento. Mientras, yo tomo una sandía, y espero mi turno. Cuando nota que estoy a su lado se voltea y me mira una vez más. Puedo ver mi cara reflejada en sus ojos vidriosos. De repente, baja su mirada. Guarda las sandías en su chango vacío. Acomoda su vestido a volados. Le paga al vendedor y, justo cuando está por irse, me mira por última vez y me envuelve en un abrazo.
Entonces, rompo en llanto.

La sandía que llevo en mis brazos se cae. Se abre. Y deja ver a todos su interior. Húmedo. Frágil. Delicioso.