Animales viajeros
























"Animales viajeros" - Editorial Lúdico 2014
Textos: Gabriela Burin - Ilustraciones: Mariela Califano


Tres cerdos y una langosta

veranean en la costa.

Ella vende artesanías,

mientras que ellos, todo el día, 

se la pasan en la cama

completando crucigramas.

***

En un balnerario vecino,

dos lagartos y un pingüino

venden helados de pera

debajo de una palmera.

El erizo compró uno,

y ese fue su desayuno.

***

La cebra y el elefante,

andan en casa rodante.

Ella broncea sus rayas,

en la hamaca paraguaya.

Él mira TV por cable,

desde la pileta inflable.

***

Dos jirafas en bikini,

van a la isla Santorini, 

en la popa de un crucero,

que les costó un buen dinero.

Pero disfrutan del sauna,

con lo mejor de la fauna.

***

Un ciempiés y tres arañas,

Prefirieron la montaña.

Aprovechar la pendiente,

para volar parapente.

¡Qué fantástico momento!

¡Bailar así con el viento!

***

Un grupo de diez venados

llega a los picos nevados.

No paran de sacar fotos,

haciendo un gran alboroto.

¡Con el frío del invierno,

se les congelan los cuernos! 

***

Todo animal en verano,

antes que cambie el pelaje,

más tarde o menos temprano,

debe armar el equipaje.

*

Sea al norte o sea al sur

sea rata o sea ganso,

sea solo o con un tour,

se merece un buen descanso.

Cenicienta a la pimienta
















"Cenicienta a la pimienta" - Ediciones Del Eclipse 2014
Textos e ilustraciones: Gabriela Burin


El Conde de Zaragoza,

está solo y busca esposa.

Ha organizado un evento,

que lo lleve al casamiento.


Una dama sugestiva

de repente lo cautiva.

Viste ropas elegantes,

usa anillos en los guantes,

y en el Palacio de Gales

ha olvidado sus modales...


En el medio del salón,

¡qué terrible papelón!

el mozo le ofrece vino,

¡y miren qué desatino!:

La mujer, nuestra doncella,

le captura la botella,

y se la bebe completa,

sin mirar ni la etiqueta.


Todos, con delicadeza

comen caviar en la mesa.

Mientras ella, de cuclillas,

examina la vajilla.


¡Qué mujer desopilante!

¡Y qué aliento a ají picante!

Hace ruido con sus tacos

y en un terrible arrebato

se come una fuente entera

de aceitunas en salmuera.


Las mujeres del salón

con tapado de visón,

contemplan con gran asombro

aquel abrigo en los hombros.

Lleva puesto la señora,

¡a su gatito de angora!


Hace “MIAU”, le ronronea,

y sin que nadie lo vea,

con admirable destreza,

roba el jamón de una mesa.



En eso ¡las campanas!

¡Son las doce! ¡Qué macana!

La mujer despampanante

debe irse cuanto antes,

no sea que la carroza,

se convierta en otra cosa.


Mira a su abrigo de angora,

y le dice: “Ya es la hora”.

Así huye con su gato,

pero se olvida un zapato.


“¿Es acaso de cristal?”

Se pregunta un comensal.

El conde escupe la torta.

Le responde: “¡Qué te importa!”.


Corre entonces a la dama,

le confiesa que la ama,

la toma y luego la besa.

Todos gritan ¡qué sorpresa!


El conde ya no está solo,

de la mano va su esposa:

la mujer sin protocolo,

condesa de Zaragoza.

¡Ojo!

¡Ojo! - Dijo un cojo. 

Y se fue a Palermo Soho, 

a comprarse un par de anteojos. 

Después fue al Barrio Rojo, 

y pidió un vaso de "mojo". 

Pero sin menta y con hinojo. 

Es que le agarró antojo... 

Ni decir que quedó flojo, 

nuestro pobre señor cojo.




¿Qué es redondo?

¿Es redondo este lunar?
¿Y la luna con su mar?
¿Es redonda una pelota?
¿Los duraznos en compota?
¿El monóculo de mi tía?
¿Y mi boca sorprendida?


¿Es redonda mi pileta pelopincho?
¿Una herida en el dedo, si me pincho?
¿Un bombón bañado en chocolate?
¿Y un anillo de cuarentamil quilates?
¿Es redonda esta horma de queso?
¿Y la nueva moneda de dos pesos?


¿Las fichas de este juego?
¿Las yemas de los huevos?
¿Las dos partes del número ocho?
¿Y el membrillo encima del bizcocho?


¿Una vaquita de San Antonio?
¿Y el nudo en el medio del moño?

¿Mi panza, si como mucho?
¿Y las gotas que caen cuando me ducho?

¿La letra "O"?
¿Algún "Yo-yo"?

Pero... ¿Qué es redondo?
Lo pienso un poco, y mañana te respondo.



Indigesta


Un peligro de derrumbe.

Una reunión de consorcio.

La vecina con bata a la que le importa todo, demasiado. Grita en el hall de entrada. Se involucra. Quiere tener la razón. Mandonea. Sacude los brazos como una marioneta. Hasta que llega la hora de su novela y todo deja de importarle. Se retira.

Los espárragos. Que son siempre más sabrosos a la plancha.

Un aburrimiento que, por momentos, abruma. Y una bruma que, por momentos, aburre.

Una mujer que habla por teléfono en el asiento de al lado. Grita. Me entero de su crisis conyugal. De su alergia al pescado. De sus hongos. ¡No quiero tantos detalles!

Una nota de trompeta. Suspiro.

Una lagaña negra de rimel.

Un pelo encarnado.

Una uña encarnada.

Carne. Que no se encarna, porque ya es carne.

¡Esta noche voy a cocinar carne con espárragos! Mientras mastico, la canción de Raphael retumba dentro de mi cabeza. "Escándalo". Mastico, mastico y mis papilas gustativas cantan: "Espárrago, es un es-pa-rra-go. Espárrago, es un es-pa-rra-go." Me indigesto.

La lagaña negra de rimel y el pelo encarnado dialogan. Parecen llevarse muy bien. Bailan y se entrelazan, al ritmo de la trompeta. Al ritmo de Raphael.

Mis vecinos gritan. ¡Me exaspera! El no-registro del otro. Registro. La gente que pronuncia la "R" de manera exagerada, también me exaspera. Como si quisieran imponernos su "R". ¡Que se la guarden! ¡No quiero sus Errres! Si las quisiera se las pediría prestadas. O como regalo de cumpleaños. O se las robaría. Registro. ¡Eso necesitan! Pensándolo bien, yo también necesito un poco de registro. Mañana tengo que ir a la librería y comprar hojas "registro exacto". Me lo anoto en la palma de la mano.

Corto la carne. Mi mano sujeta con fuerza el cuchillo. Se corre lo que escribí. Lo leo. Mañana voy a comprar en la librería un "re---g---ato". Sería algo así como un gato gigante. No me vendría mal.

Me pregunta la psicóloga, qué me como cuando me como las uñas. Me parece obvia la respuesta. ¡Me como las uñas cuando me como las uñas! ¿Pero qué te estás comiendo en realidad?- Insiste.

Entonces lo pienso, una. Dos veces. Y le respondo: Me como un peligro de derrumbe, una reunión de consorcio, una vecina con bata, espárragos con carne, uñas y pelos encarnadas, una lagaña negra de rimel, una hoja blanca registro exacto, una conversación ajena, gritos ajenos, gritos propios, notas de trompeta, erres y más erres. Un gato gigante. ¡¡¡Esparrrrrrrrrrrrrago!!!- Le canto - ¡¡¡Es un es-pa-rrrrrrrrrrrrra-go!!!

Me indigesto.


Elijo

Elijo todos los días.
Elijo despertarme.
Exprimirme un jugo.
Elijo tomarlo.
Elijo dibujarme los ojos.
Hacerme una tostada.
Ponerle semillas.
Comerla.
Regar una planta
Salir a caminar.
Hacer un dibujo.
Dibujar otros ojos.
Cocinar el almuerzo.
Bañarme.
Ponerme perfume.
Lavar los platos.
Exprimirme otro jugo.
Tomarlo.
Escribir.
Cantar.
Elijo todas las cosas que hago.
Y sobre todo.

Te elijo.

Especias

Si me preguntas a dónde está la sal,
Te responderé: "¡Sal de aquí!".

Si me preguntas por el clavo de olor,
quedarás clavado, como un clavo en mi pared.
¿Y por el tomillo? ¡Atornillado!
¿Y por azafrán? ¡Afrancesado!
¿Y por el curry? ¡Acurrucado!
¿Y por el estragón? Puede que te trague y no te vuelva a escupir..

Cuidado con lo que preguntas.
Porque la gente comenta.
Como las hojas de menta.
Como la pimienta.
Que miente y hace "Pi".
Pi - pi - pi
¡No me hagas hacerlo a mi!


Pero no me escuchas
Y preguntas...
¿Y la nuez moscada? ¡Te haré tragar mil moscas!
¿Y el cardamomo? ¡Mil cardos! ¡Mil momos!
¿Y el cominó? ¡Juega al dominó!
¿Y el ore-ganó? ¡Comenzará a perder!
¿Y el ají? ¿Y el ajó? ¡Me importan tres-car-ajós!

No encuentro nada, desde acá abajo.
Ni canela, ni comino, ni ajo.
¡Traeme un banquito! ¡Pronto!
¡Deja ya de hacerte el tonto!
 De escucharte ya me canso...
¡Y a la alacena no alcanzo!

Ascender

No quiero ningún censor
Quiero un ascensor.
Para ascender, para no ceder.
Y arriba, bien arriba, reirme alto.

Hacerme cosquillas.

Quiero una cosquilla.
O alguna semilla.
Que me haga crecer.
Y así, ascender.
Alto muy alto.

Oda a la ducha

Si me escupes la cabeza
cuando canto serenatas.
mi canción no te interesa
ni desnudo, ni con bata.

Mi queridísima ducha,
¿por qué serás tan ingrata?
¿por qué será que no escuchas?
¡Ni siquiera te percatas!

Estas notas las entono,
para nombrarte mi amante
mientras mi cuerpo enjabono.
con una esponja exfoliante.

Tu rocío me humedece,
y con tu lluvia, me inundo.
Me bañaré tantas veces,
para no quedar inmundo…

¡Pero si tú no me escuchas!
¿Para quién son estos versos?
Me olvidaré de esta lucha,
cuando en el agua esté inmerso…

Pues si tus aguas nerviosas
no quieren ser de mi alma,
¡En bañadera de losa,
me amarán las aguas calmas!

El Rey Osagboro

El Rey Osagboro adoraba el oro. Era conocido por su enorme corona en el mundo entero. Un séquito de orfebres lo visitaba a diario para agregarle nuevos adornos y piedras preciosas, dejándola así cada día más grande.
Había ordenado quitar la cúpula del palacio, para que su corona pudiera seguir creciendo. Y se había hecho tan alta que atravesaba las nubes. Y tan grande y pesada que había optado por no quitársela, ni para dormir.

El Rey Osagboro también era conocido por su enorme boca. Siempre estaba abierta y no dejaba de dar alaridos. Retumbaban todo el día por las paredes del palacio, en forma de eco.
Desde la mañana, filas de doncellas y más doncellas, corrían por las galerías, con bandejas repletas de pasteles y panecillos, infusiones y jugos de fruta, respondiendo a los alaridos del rey.

Cuando al Rey lo dejaban solo y se retiraban hasta la otra punta del palacio, oían de nuevo sus quejidos. Las migas del desayuno en su barbilla lo molestaban y exigía ser bañado. Entonces, nuevas filas y más filas de doncellas aparecían corriendo con jabones, sales y ungüentos. Una vez que el rey estaba limpio, las doncellas
se alejaban lo suficiente para poder descansar, pero ni bien se sentaban en las reposeras, volvían a escuchar sus gritos.


Otra vez lo mismo: filas y más filas de doncellas y más doncellas.

De esta manera transcurría el día en el palacio. ¿Y la noche? Igual. El Rey Osagboro tenía pesadillas y debían correr a contarle cuentos y a cantarle canciones de cuna.

Era un fastidio para las pobres doncellas, pero no tenían escapatoria: las ventanas y las puertas estaban enrejadas y protegidas por dos guardias enormes. Y ni hablar de desobedecer. Conocían el triste final de las que lo habían intentado. Hacía años que correteaban día y noche, sin descanso. Sus pies les dolían y ya no corrían tan rápido como antes.

En realidad, corrían tan lento que habían comenzado a servir el desayuno a la hora del almuerzo y el almuerzo, a la hora de la merienda.

El rey estaba cada vez más furioso, y un día ordenó: “¡Córtenles la cabeza!”.
Sin embargo, tuvo que echarse atrás cuando uno de sus consejeros le recordó que quedaban muy pocas doncellas en el reino.

Después de meditarlo por horas, llamó a sus orfebres. “Quiero una solución en oro”, les dijo, “¡Patines de oro para cada una de mis doncellas!”. Así podrían trasladarse con mayor rapidez por el palacio, sin la excusa de sus talones doloridos.

Los orfebres tardaron algunas semanas en terminarlos. Cuidaron que cada cordón, cada rueda, cada plantilla, de cada par de patines, fuera de oro. Y, cuando estuvieron listos, fue un verdadero desastre: Doncellas con
fracturas de tibia y peroné. Bandejas de cerámica destruidas. Manjares reales por toda la alfombra. El rey bañado en jugo de maracujá.

Los patines no duraron, pero el Rey Osagboro no se dió por vencido. Convocó nuevamente a sus orfebres y les ordenó: “¡Quiero triciclos de oro!”. Serían vehículos sofisticados y de un perfecto equilibrio.
Llevaron más tiempo que los patines pero, a las pocas semanas, estuvieron listos.
Eran tantos y tan imponentes que no cabían en las galerías. Se chocaban entre sí. Los embotellamientos eran eternos. Y los desayunos, almuerzos, meriendas y cenas nunca llegaban a destino.

El Rey Osagboro ya estaba de un humor espantoso. Hasta que se le ocurrió una idea. Esa misma tarde, cuando los orfebres fueron a verlo, les encargó un nuevo trabajo. “Quiero alas de oro para cada doncella”.

¡Fue maravilloso! A cada pedido, con un solo agitar de alas, las doncellas estaban ahí al instante.

Pero esa noche el Rey Osagboro tuvo una pesadilla terrible: Las doncellas se iban volando.

Se despertó a los gritos. Y gritó, gritó y gritó. Pero no hubo cuentos, ni canciones de cuna para calmarlo.

El rey no volvió a saber de ellas.

Eso sí, de vez en cuando, en la punta de su corona, muy cerca de las nubes,siente un suave tintineo. Quizás sea alguna de sus doncellas volando por los cielos de
su reino.

F I N

¡Novedad!

"El Rey Osagboro"
Editorial CIDCLI - México 2011
Textos de Gabriela Burin
Ilustraciones de Anabella López

Palmeritas

No quiero escuchar más. ¡¡Mirá cómo aumentó el tamaño de mis oídos!! Mi factura preferida es la palmerita, pero vos siempre me comprás las de dulce de membrillo. Y eso es porque no me escuchás. Pero hoy soy yo la que no quiero escuchar más. Y me voy en triciclo hasta un bar. Pido una leche con palmeritas y mis orejas vuelven a ser como antes: dos palmeritas. Pequeñas y hojaldradas.

Tallarín

Bastón y tiradores. Largos y finos. Los dos.

Aunque también existen otras cosas que lo definen. Más bien, escurridizas.

Su mano, por ejemplo. Empapada de sudor, la mayoría de las veces. Al intentar tomar su bastón, se resbala. Entonces, él, pierde el equilibrio. Cae. Se derrumba. Primero, él,  más tarde, su bastón. Lo mismo de siempre: Tallarín al dente.

No. No tomó ese colectivo.

¡De haberlo sabido! ¡Es que, no, seguro que no era buena idea! ¡Detenerlo así, en pleno movimiento, con su bastón!

El final de un finado. De un finado fino. Tallarín con tuco.

¿Sus tiradores? Están algo tristes, ya no tienen a quién contener.
El bastón, no, sin embargo. Se lo ve de lo más campante. Sin sudor. Sin tallarín.

Sopa de letras

Cuando hablás, sopas de letras vienen y me inundan. No entiendo lo que me decís. Tengo que separar las letras, una por una, al borde de mi plato y ayudarme con una cuchara. Pero hacer esto me da tanto hambre que termino por comerme todas las letras y me quedo sin tus palabras. Pero yo siempre te lo dije: mi fideo preferido es el tirabuzón. Que da vueltas y más vueltas. Como vos.

Una caja

En junio habían traído a la despensa una gran caja de cartón. Podría haber pasado desapercibida, claro.
 Pero no. Algo peculiar había en ella. La pregunta era ¿qué?  ¿Un bigote? Siempre había esperado tener uno…¿Pero te lo traían así? ¿En caja cerrada? No…seguro que no. ¿Un caballo? Demasiado grande. Olería mal.
Entonces ¿qué? ¿qué? ¿qué?
De pronto…un sonido. La caja empezó a moverse y, finalmente, se abrió. ¡Un pato!
¡Sí! ¡Con el hambre que tenía!
Fui a buscar las naranjas…qué deliciorrr! Justo estaba encendiendo el horno, el fósforo se consumía en mis dedos. Y el pato me preguntó. “¿con qué pato a la naranja?”.
¡Qué momento!
Horas, horas y horas hablándome sobre su infancia terrible. Su encierro en esa caja, tan incomoda. Su consecuente dolor corporal. Su carencia de afecto y comprensión. Sus problemas de autoestima.

Hoy duerme en mi cama. Un pato muy convincente.

Almejas

La almeja es un gran bivalvo:
Dos sombreros para un hombre calvo.

Como los mejillones,
su cama son dos sillones.

Cuando el mar baila zarzuela,
ellas son sus castañuelas.

Un cangrejo sin bandeja,
Sirve su cena en almeja.

¿Por qué se esconde el hombre calvo?
¿De qué busca estar a salvo?

¿Temerá que a cocción lenta
lo cocinen con polenta?

Es esto muy posible,
Pues se ven tan suculentas
Mis amigas las almejas,
Sazonadas con pimienta.

 ***

“¿Acaso es un sombrero eso que nada allá abajo?”
Preguntan las gaviotas mientras atraviesan las nubes.

“¡Son almejas!” Les gritan dos peces dorados.

Cinco almejas recostadas panza arriba
sobre una cuna de mimbre, a la deriva,
flotan tranquilas sobre el mar

La Boca

Tomen binoculares,
Para ver de cerca el puerto.
Si abren fosas nasales
Sentirán olor a muerto.

No respiren por nariz:
Es un olor que sofoca.
No por nada lo han llamado
a este barrio el de La Boca.

Cuentan que allá y entonces
se ha bañado una doncella.
Murió, se convirtió en bronce
¡No se supo más de ella!

Nadie la ha vuelto a ver
pero dice la leyenda,
que el puerto es esa mujer,
que de día huele horrenda.

El río es su bañadera,
toma allí su baño eterno.
Y de tanto en tanto espera
irse al cielo o al infierno.

Hay quien dice que no ha muerto,
que simplemente está en coma,
y que los barcos del puerto,
son sus patitos de goma.

Eso que está a lo lejos,
a simple vista una grúa,
Tomen ya sus catalejos:
Es su brazo, que saluda.

Soprano

Aquella mujer soprano
alabada por la audiencia,
acompañada de un piano,
canta con gran cadencia.

En un tremendo alboroto
todos allí la aplauden.
Todos, menos Montoto
que le grita: “¡Eres un fraude!”

La cantante, le pregunta
sin bajar del escenario.
“Usted, el de la punta
¿ Está sordo o es otario?”

Montoto no se mueve
ni tampoco le responde
Porque percibe un sonido
pero no sabe de dónde.

Tu

Te ríes. Y no eres río.
Te casas y no eres casa.
Te meces y no eres mesa.
Me pregunto cómo cabes
adentro de mi cabeza.

4 mujeres



Lucía, hermosa lucía.
Dora, cebollas dora.
Cata, luego las cata.
Y Débora las devora.

Ajo!

Dos pisos más abajo
vive Doña Carola,
que de tanto freír ajo,
ensució tres cacerolas.

 Mientras Carola medita,
revuelve la provenzal,
y le da una probadita,
para ver si falta sal.

Su marido que regresa
esa tarde del trabajo.
Dice, cuando la besa,
que su boca huele a ajo.

Que no lave cacerolas.
Que no use detergente.
Que su Querida Carola
vaya a lavarse los dientes.

Lejos


Un señor muy muy muy viejo
Mira con su catalejo.
Se lo ve algo perplejo
“¿Es acaso eso un conejo?
Si lo es, yo no me quejo.
¡Es que está muy muy muy lejos!
¿O será que es un cangrejo?”
Frunce el viejo el entrecejo.

***

No se trata de un conejo.
Ni tampoco de un cangrejo.
Eso que ve es el reflejo
de su cuerpo en el espejo.

Enchastre



¡Cómo se ha ensuciado el saco
que me ha dado el Sr. Paco!
¿Te preguntas porquéqué?
Pues comiendo panquequé
con vizcacha al escabeche,
derramé el dulce de leche
Y también algo de aceite.
¡Qué delicia! ¡Qué deleite!
¡Qué sucio que quedó el saco
que me ha dado el Sr. Paco!

Cerdo


 El Señor Juan de Ensenada
grita a los cuatro vientos
ni bien prueba su empanada
“¿Por qué le han puesto pimientos?”

Miren bien a este señor,
Cómo toma de la copa
¿Acaso tendrá calor?
¡Sale humo de su boca!

Te miro, Juan de Ensenada
arrojando tu empanada.
Tiene relleno de cerdo,
Pero es que ya no recuerdo
si le puse condimento
O si acaso eran pimientos.

Aunque tampoco recuerdo:
¿Era jabalí o un cerdo?
No me acuerdo y me arrepiento.
¡Grito a los cuatro vientos!
¡Miento, miento! Y el pimiento
de tu boca, de tu aliento
se me funde y se confunde
con todo aquello que siento.

Mi novio

Salir con un hombre me da tanto pánico, 
que preferí a un gato del jardín botánico.
Tenemos una relación de lo más abierta,
sale de casa y no cierra la puerta.

Hoy amanecí más sola que un hongo
y pegué un grito: "¿Dónde estás morrongo?".
Cuando apareció por la ventana,
 lo interrogué de mala gana
"¡Dime ya, dónde te has ido!".
Me respondió con tres maullidos.

Ahora tengo una gran duda,
quizás seas de mi ayuda:
¿Debo quedarme con el gato
o pasarme al celibato?


Foto: Gabriela Burin

Poema de amor



Tus cejas son tupidas y estúpidas.

¿Y tu corazón?

Es tupido y estúpido. 
Es precioso. Espacioso. Es tanto y estante. 
Es tonto. Y es tinta. Y es tanta. ¡Tanta tinta!
Estético y es teta. Es teta estética. ¡Es tanta teta estética! 
Es todo. Estado. Es tero. Estira.
 Estrato. Estima. Estufa. Estafa. Estrafa. Estrafalario.
 Espanto. Espantoso. Es punta. Es pinta.
Es casa. Escasa casa. Es peso. Peso espeso. 
Es pozo. Esposo. Espacioso.

¡Tu corazón, no sé qué es!

Pero, puedo hablar de tus cejas...

Un Sr.

Un señor con ánimos de mucho,
hoy está con poco.
Es día domingo,
y en lugar de ir al bingo,
se quedó en su cama
a sacarse los mocos.

***

Un señor con ánimos de poco,
hoy está con bastante.
A su desayuno,
también al de Bruno,
le puso azúcar
y no edulcorante.

***

Un señor con ánimos de nada,
hoy está con todo.
Se fue a la oficina,
pero no camina
con sus dos zapatos,
sino con los codos.

***

Un señor con ánimos de todo,
hoy está con nada.
Faltó a su trabajo
y se quedó debajo
de una pila gruesa
de quince frazadas.

La Mujer Hojaldrada


Se ha sentado a su mesa sin esperar a su comensal. El hambre se ha apoderado de ella. Está devorando su plato sin reparos, sin siquiera preocuparse por saborear cada bocado o por no manchar su vestido. Y así es como la sorprende Claudio:  con su plato vacío, rodeada de migajas 
y con su rostro y sus ropas manchadas con salsa.

¡Una vergüenza!

Límite entre lo atractivo y lo desagradable - (Relato subido de tono)

Siempre me pregunté cuál sería el límite entre lo atractivo y lo desagradable. Entre lo erótico y lo pornográfico.
La primera vez que la vi en el almacén, mis dudas reaparecieron. Ahí estaba, mi vecina del sexto piso, con sus pechos al descubierto, comprando doscientos cincuenta gramos de queso parmesano y un paquete de lomito ahumado. No puedo negar que fue excitante.
Pero dejó de serlo la semana siguiente, cuando la vi por segunda vez. Estaba dejando su ropa en el lavadero para el servicio de valet, con sus pezones al aire. Pedía que le agregaran suavizante extra y revolvía su bolso de un modo frenético, buscando su billetera.
Me pregunté si entre su ropa sucia existiría alguna camisa. O al menos un corpiño. Me respondí que no.

Atravesó el límite de lo desagradable el viernes. Fui a cenar con unos amigos a la pizzería Uggi’s, y ahí estaba de nuevo. Ella y sus dos tetas: las tres comiendo una porción de fainá. Si el límite del que yo hablaba existía, no había dudas que mi vecina estaba del otro lado.

Esta mañana viajé con ella en el ascensor. Fue una situación un tanto embarazosa. Sólo nosotros cuatro: ella, sus dos tetas y yo, en un espacio bastante reducido.
Intenté desviar la mirada, pero fue inútil. El ascensor está cubierto por espejos. Descubrí entonces que ya no eran dos, sino 24 las tetas que me acosaban.

Pensé en cerrar los ojos, pero habría sido una muestra de cobardía. Intenté preguntarle por el clima. “Dicen que va a estar agradable hoy. Un poco nublado, tal vez.” Pero no obtuve respuesta. Comencé a ponerme nervioso. Muy nervioso. Tan nervioso que enseguida se notó en mi pantalón. Una mancha demasiado evidente para poder disimularla. Gotas y más gotas de sudor rodaban por mi frente.
En aquel momento comenzó a revolver su bolso. No se entendía bien qué era lo que buscaba. Quizás una excusa para no mirarme, a mí, a mi sudor y a mis pantalones húmedos. Revolvía frenética, y fue así como parte del contenido de su bolso fue a parar al piso del ascensor. Tres tampones, dos chicles tutifruti, cinco llaves y un paquete de preservativos texturados.
Los dos estábamos avergonzados. Cada uno por sus propios motivos. Siguió revolviendo un poco más, hasta que encontró un pañuelo descartable. Me lo entregó en silencio. Más tarde dio con una blusa turquesa, que se colocó cubriendo su panza y, lo más importante, sus 24 tetas.
Una vez que sus pechos estuvieron cubiertos, y mi pantalón y mi sudor, secos; los dos nos tranquilizamos. Y soltamos una carcajada.
Nos reímos por un buen rato, hasta que se detuvo el ascensor. “Es mi piso”, dijo ella. Entonces se presentó. “Esmeralda, encantada.” Me extendió su mano. Después dijo que el día de hoy iba a estar agradable, aunque probablemente algo nublado. O al menos eso fue lo que escuchó en la radio. Y por qué no pasaba a su departamento, a tomar un vinito, y a probar unos bocaditos de queso parmesano y lomito ahumado que sabe preparar como nadie.

Le dije que sí.

Esta noche conoceré el sexto piso. Y, por qué no, mis propios límites.

Desayuno


Una mosca vuela por las calles. Mira a través de las ventanas de un edificio estilo francés. En el séptimo piso desayuna una familia de cabellos rojizos alrededor de un mantel blanco. ¡Qué delicia! Un terrón de azúcar sobre la mesa. La mosca agita sus alas pero, al intentar pasar, se choca contra los cristales.

Sigue volando. Encuentra, en la ventana de al lado, una nueva cocina y esta vez logra entrar.
Un bosque de cacerolas, una montaña de platos sucios y, justo detrás: Moro desayuna una taza de café negro, rodeado por su harén de tostadas con mermelada.
No hay terrones de azúcar. Sólo el Moro y las tostadas.

En eso, Sofía entra a la cocina, toma el mosquitero y la aplasta.

Sofía se queda mirando a la mosca durante algunos segundos. Mira sus patas, sus alas, cómo poco a poco dejan de moverse.
Mira la montaña de platos sucios, al Moro. Come sus tostadas y se limpia las comisuras de la boca con el borde del mantel.

Los ojos de Sofía son dos porotos negros, a punto de convertirse en feijoada.

¿Por qué prefiere a su harén de tostadas antes que a ella?
¿Por qué no la mira? ¿Por qué no la abraza?
¿Por qué ese desastre? ¿Por qué no ha lavado ni un solo plato?
¿Por qué llegar al punto en el que las únicas visitas de la casa son las moscas?

El Moro mira las tostadas, luego, la sección deportiva del periódico, y una vez más, las tostadas. Ese es su campo visual ahora. Limitado como el de una mosca. Con movimientos cortos y precisos. Untar una tostada. Dar vuelta la página. Masticar una tostada. Dar vuelta la página. Tragar una tostada.
Se ríe de un chiste de la página de atrás y de sus dientes se asoman migajas negras.
Todavía no se ha percatado de la presencia de Sofía.

La boca de Sofía es una fruta abrillantada. Como esas frutas abrillantadas que son extirpadas del pan dulce. Se acerca a la mesada, toma la esponja, y con unas gotas de detergente, comienza a lavar los platos.

El Moro sigue ahí. Su pijama es de un verde liso, pero ahora presenta un estampado de migajas negras y manchas de café, haciendo juego.

Sofía es un pan de manteca. Consistente por fuera, pero al primer calor se desintegra.

Busca el repasador y seca un plato. Cuando está por guardarlo, el plato se resbala de sus manos y cae al suelo. Las manos de Sofía también son de manteca.

El Moro escucha el ruido, levanta su mirada y la ve. ¿Por qué siempre lo molesta a la hora de su desayuno?

Sofía recoge los platos limpios y, en lugar de guardarlos, toma impulso y los arroja al suelo. En ese mismo instante suelta de su fruta abrillantada, un grito tan fuerte que el estruendo de la porcelana rompiéndose casi no se escucha.

El Moro se levanta de su silla. Se acerca y la abraza.

Se queda mirando a Sofía durante algunos segundos: sus patas, sus alas. Cómo poco a poco dejan de moverse.